Del piano al violin
Se habla mucho sobre la necesidad de salir de la propia burbuja. De romper el aislamiento que conlleva trabajar por cuenta propia. De buscar perspectivas en campos desconocidos, intercambiar ideas con colegas y desviar la atención de nuestros mundos limitados.
Ayer, por puro capricho, subí al metro hacia Póvoa de Varzim. No estaba planeado; fue un impulso repentino porque me encontraba cerca. ¿Por qué no?
Disfruté el viaje muchísimo. Siempre me ha gustado el transporte público, pero nunca había recorrido esta ruta específica. La mañana se sentía luminosa y cálida. El vagón seguía tranquilo, casi vacío. Me entregué a mi hábito de siempre (lo que llamo mis «estudios sociológicos») observando a la gente que bajaba en cada estación. ¿Van al trabajo? ¿Vuelven a casa? ¿Están de vacaciones? Siempre surgen las mismas preguntas: ¿quiénes son?, ¿de dónde vienen?, ¿a dónde van?
El trayecto dura unos cuarenta minutos, lo que me permitió leer. Mi teléfono móvil, con su voz persistente, intentó captar mi atención. Me negué. Esta era una mañana para estar presente. Para dejar la burbuja y permitir que mis pensamientos descansaran en los pequeños detalles del día.
¿Por qué Póvoa de Varzim? Sobran las buenas razones. Es una ciudad atlántica donde el aire marino llena cada calle. Mejor aún, la gente es auténticamente amable y discreta.
Tenía otro motivo para ir: el evento anual Correntes d’Escritas y la oportunidad de escuchar a algunos de mis escritores favoritos en persona. Fui por José Luís Peixoto. ¿La guinda del pastel? El tercer encuentro de traductores.
Me senté a escuchar una conversación fascinante entre Ana Paula Tavares, José Luís Peixoto, Tanja Tarbuk y Michel Kegler. Tanja, una talentosa traductora del portugués al croata, ve la traducción como un acto de «lectura profunda». Peixoto fue más allá al sugerir que una traducción es una variación de su propia obra, y que el traductor es ese «lector profundo».
No trabajo en traducción literaria, pero siento una atracción hacia la traducción poética. Ahora me parece lógico. Peixoto cree que un traductor poético debe tener ambición literaria. Debe reconocer que las palabras cargan matices que cambian el peso de una frase entera. Señaló que decir «bonito» no es lo mismo que decir «lindo» o «formoso».
Tiene razón. Las palabras tienen gradaciones. Captarlas requiere una sensibilidad adecuada al alma de un poeta. Quienes escriben poemas cazan la palabra exacta: la que tiene la intensidad justa, la escala correcta, el sonido preciso. Esta precisión les ayuda a extraer un destello de lo que necesitan expresar desde sus emociones más íntimas. Un poeta entra en la esencia de la obra de otro con esa misma mirada, ese mismo cuidado, esa misma profundidad.
Se sintió bien escuchar a los escritores hablar de la traducción en sus propios términos. Compartiendo lo que les molesta, lo que les sorprende y lo que reconocen como suyo.
Finalmente, Peixoto ofreció una metáfora para ilustrar el trabajo del traductor: es una pieza musical compuesta para un instrumento y luego transferida a otro.
Subí al metro para el viaje de vuelta. Al observar los campos a las afueras de Oporto, con el sol cálido brillando a través del cristal, empecé a transferir composiciones en mi cabeza: del piano al violín, del clarinete a la trompeta.
Llené mi mente de palabras.
